La grasa corporal no solo funciona como reserva de energía: también participa en la regulación hormonal, la temperatura, las defensas y la salud de los huesos. Especialistas advierten que llevar el tejido adiposo a niveles extremadamente bajos puede provocar pérdida muscular, alteraciones hormonales y mayor vulnerabilidad ante enfermedades.
La búsqueda de un cuerpo con un porcentaje mínimo de grasa puede llevar a algunas personas a restringir demasiado la alimentación. Sin embargo, el tejido adiposo cumple funciones esenciales para el organismo y su reducción extrema puede alterar distintos procesos vinculados con la energía, las hormonas, los músculos, los huesos y el sistema inmunitario.
La endocrinóloga Elif Oral, profesora de Medicina de la Universidad de Michigan, explicó que la grasa corporal tiene una función biológica importante que va mucho más allá del almacenamiento de calorías.
Una reserva de energía que también regula hormonas
Las células adiposas almacenan parte de los nutrientes que el organismo recibe cuando la energía ingerida supera las necesidades inmediatas. Esas reservas pueden utilizarse posteriormente cuando el cuerpo necesita combustible.
Pero el tejido adiposo también funciona como un órgano que participa en la comunicación hormonal. Entre las sustancias que produce se encuentra la leptina, una hormona que transmite al cerebro información sobre la disponibilidad de energía y la saciedad.
Cuando las reservas disminuyen demasiado, los niveles de leptina también pueden bajar y el organismo interpreta que existe una situación de escasez energética. Como consecuencia, puede reducir o postergar algunas funciones para conservar recursos.
Qué puede ocurrir cuando hay muy poca grasa
Una restricción calórica intensa puede generar un estado de baja disponibilidad energética. Según los especialistas citados, esto puede favorecer la pérdida de masa muscular y afectar la formación y reparación de los huesos, aumentando la vulnerabilidad frente a las fracturas.
También puede comprometer la respuesta del sistema inmunitario. El profesor de medicina metabólica de la Universidad de Oxford Fredrik Karpe señaló que un organismo con reservas muy escasas puede tener mayores dificultades para enfrentar infecciones graves u otras situaciones de estrés físico.
La reducción extrema del tejido adiposo también puede provocar alteraciones hormonales. En hombres con una ingesta insuficiente de nutrientes pueden disminuir los niveles de testosterona, mientras que en algunas mujeres puede aparecer irregularidad menstrual o incluso ausencia de menstruación.
En situaciones graves, como las asociadas con la anorexia nerviosa, la pérdida sostenida de tejido adiposo puede producir daños orgánicos importantes y poner en riesgo la vida.
No existe un porcentaje ideal para todas las personas
La cantidad de grasa corporal considerada saludable no es igual para todos. La edad, el sexo y la composición corporal, entre otros factores, influyen en los valores de referencia.
Como orientación general, el artículo señala rangos de entre 10% y 20% para hombres adultos sanos y de 20% a 29% para mujeres adultas sanas. En deportistas los valores pueden ser inferiores, aunque esto no significa que sea saludable intentar alcanzar porcentajes extremadamente bajos.
Un estudio realizado con más de 700 deportistas mediante escáneres DEXA registró como valores mínimos un 10% en hombres y un 16% en mujeres, cifras que cuestionan la idea de que un físico de alto rendimiento requiere niveles de grasa corporal cercanos al 1% o 2%.
La evaluación de la composición corporal requiere métodos como la densitometría DEXA o el control de la relación cintura-estatura. (Imagen Ilustrativa)
También importa dónde se acumula la grasa
La salud no depende únicamente de la cantidad total de tejido adiposo. La grasa visceral, que se encuentra alrededor de los órganos internos, puede resultar perjudicial cuando se acumula en exceso.
Este tejido puede liberar sustancias inflamatorias, elevar la presión arterial y dificultar el control de la glucosa, aumentando el riesgo de diabetes tipo 2.
Para analizar la composición corporal existen métodos como la densitometría DEXA, que permite diferenciar grasa, masa magra y masa ósea. Las mediciones mediante pliegues cutáneos o balanzas de bioimpedancia pueden servir como estimaciones, aunque tienen limitaciones.
La recomendación de los especialistas apunta a cuidar la composición corporal mediante una alimentación adecuada, actividad física y entrenamiento de fuerza, sin convertir la reducción extrema del tejido adiposo en un objetivo de salud.
